Los estudios humanistas, de lo que hemos hablado aquí, no son solo cursos remediales sino auténtica necesidad de poner los asuntos sobre el tapete y aceptar que ellos contribuyen, no como complemento sino sustancia, en la formación profesional del estudiante.
A partir de la formulación de los “Derechos y Deberes de los Jóvenes (1989)”, en el mundo de nuestro tiempo, después de haber logrado los niños los suyos, se comienzan a analizar, paralelos a esos deberes, algunos otros asuntos: participación en la democracia real y no formal, en el sistema político y cultural, la educación, la salud y el trabajo, la mayoría perciben menos del salario mínimo, los problemas de las relaciones familiares, las carencias en la construcción de su personalidad, el capital cognitivo, la expresión creativa, la acción colectiva, la pertenencia social, económica o étnica o las formas de estigmatización social ejercidos contra ellos. De allí que sea importante, para afirmar la Humanitas, la constante de su pertenencia histórica al pasado, al presente y el futuro. Generalmente a los jóvenes les es dado ubicarse casi siempre en el presente y el futuro. desconociendo las formas del pasado que construyen su manera de ser y de expresarse. De allí que formas de expresión tan importantes para los jóvenes como la propia estima, el amor y la sexualidad, tienen solo vigencia en un transcurso de tiempo complementario a sus vidas y menos como proceso de formación de la personalidad en su relación afectiva para con los demás. Aprender divirtiéndose, una moda funesta entre los educadores, conduce a tener conciencia del carácter lúdico de la existencia humana y no a formar una estrategia de vida, donde se reformulan metas y aspiraciones en espacios temporales. Viviendo una perenne moratoria existencial para convertirse en adultos, no tienen, de los veinte a los veinticinco años, una percepción de sí mismos como sujetos históricos, al menos en ese se que ya constituyen la mayoría silenciosa, a la cual se atribuyen poderes casi mágicos. Las brechas económicas, y las oportunidades educativas, definen un perfil de carencias y no de abundancias.
Todo esto partiendo de que se mantiene el concepto, base de un sector del patriarcalismo de la adultocracia y la visión de lo adultocéntrico como forma canónica de generar opiniones, expresarlas o darle contenido a su propia existencia. A partir de las revueltas de 1968, los estudiantes accedieron a generar opiniones sobre la educación que reciben, incluyendo, muchas veces, complementario a las humanidades, códigos, expresiones, modas, lenguajes corporales y experimentaciones lingüísticas como subcultura, que los refleja pero no necesariamente los muestra en su totalidad.
La tribulización de los jóvenes, su pertenencia a pandillas, maras, turbas, se hace generalmente para transgredir un orden en el inmediato presente. No es un comportamiento mayoritario, pero nos muestra la evidencia de algo que ya expresamos: no es necesariamente cierto que la juventud está en crisis, el mundo es el que la genera.
Solo es posible el valor de uso de las humanidades si los jóvenes participan en la construcción de seres sociales y se conviertan en agentes de conocimiento, difusión, promotores en la divulgación de valores esenciales, parte de la Humanitas, manifestando, en carácter recíproco: amplitud de ideas, espíritu de tolerancia, amor a la verdad, búsqueda de la sabiduría, aprender a ser y no solo tener, práctica de la interioridad, lucha contra la indolencia mental y el uso de lo que fuera el lema de los humanistas costarricense, de Brenes Mesén a Luis Ferrero: Creer- crear, crecer (José Martí).
Esta sería una respuesta adecuada para llegar a ser, planteándose una visión diferente a las corrientes, de una década para acá, centradas en una especie de antihumanismo, que cierra la relación entre el humanismo y las ciencias, las dos culturas de que se hablaba antes, sabiendo que ambas deben estar unidas, desligadas a veces sutilmente. A esa tendencia en algunas ocasiones, se le denomina como Transhumanismo, que buscar trastrocar los límites del ser humano, o de lo concebido como humano, dando la falsa apariencia de que las personas son definidos laboratorios, donde las ideas ocupan un lugar subalterno y la educación apenas un barniz entre lo superficial y el dilentatismo. Estas nuevas técnicas van desde las cirugías estéticas de apariencia formal, las modificaciones corporales, las drogas energizantes, los suplementos vitamínicos, los anabólicos, la concepción por medio de madres de alquilar, como negocio y tráfico internacional donde las relaciones humanas se cortan. Otro aspecto, apenas estudiado ahora, son las formas de expresión lingüística, por medio de mensajes de texto multimedia que afectan los valores ortográficos, la expresión gramatical y que reducen al mínimo el contacto verbal. El Transhumanismo es uno de los problemas más graves que afronta el humanismo contemporáneo, por sus implicaciones globalizantes y por el producir un reflejo patológico de la persona sobre sí misma, incluyendo el miedo, la inseguridad, la intimidación o el definir que los otros, las grandes empresas del pensamiento corporativo, van conduciendo al pensamiento único, las ideas fijas, que resultan un autismo expresivo conceptual negativo, en el sentido inerte del pensamiento y las emociones. El Transhumanismo, así llamado por ciertos sectores, es el golpe más violento que han enfrentado aquellos saberes que buscan el compromiso del ser humano consigo mismo y con su propio entorno. Un tema a desarrollar en múltiples diálogos, a partir del desmoronamiento del postmodernismo.
http://www2.prensalibre.cr/pl/comentarios/31167-juventud-y-humanismo.html
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