Elba Cristina Parrales
Al principio le pareció un juego o pasatiempo, ahora no tiene otra opción. Si le hubieran dado a escoger, estaría jugando béisbol en la cuadra de su casa, con sus vecinos del barrio El Recreo. Morir de hambre, dice, hubiera sido la consecuencia si no se hubiera puesto a hacer malabares en el semáforo del Hospital Militar. Ezequiel Rostrán se gana la vida en Managua trabajando como payaso, a un promedio de 100 córdobas el día.
Al inicio Ezequiel se divertía. Le gustaba demostrar sus habilidades con cuatro pelotas tirándolas hacia arriba, sin botar ninguna, en el sofocante clima de Managua, bajo el sol que muerde y la contaminación de los carros. Ahora dice que lo hace sin entusiasmo.
Trabaja desde muy temprano para hacer sus 100 córdobas, de los cuales 50 son para su mamá. Porque Ezequiel, de apenas 14 años, se impone un horario: sabe que si quiere ganar más tiene que estar desde temprano en el semáforo para hacer los malabares o bailar para entretener a las personas que van en su vehículo y esperar si alguien le da un córdoba. Desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, con su camisa sucia y grande, su pantalón de payaso de varios colores y su peluca crespa multicolor, este niño moreno y tímido aguanta sol, malas caras y desprecio de algunas personas que transitan por el semáforo de la Rigoberto López Pérez.
--Ser payaso, es mi segundo trabajo- comenta Ezequiel después de correr frente a los carros, sacar las pelotas con el cuidado de que no se le caigan antes que el semáforo cambie de rojo a verde. Cuenta que el primer trabajo que tuvo fue vender de casa en casa ambientadores para carros. Tan sólo tenía siete años, generalmente iba acompañado de su mamá que lo manda a trabajar para que ayude con los gastos de la comida. Aunque le da pena admitirlo, por eso aclara que si él quisiera se quedaría dormido hasta tarde en su casa.
Al parecer, ser payaso es una decisión que tomó para que fuera su fuente de ingresos. En cuanto a los estudios, este año dejó por segunda vez el quinto grado de primaria. Prefirió ir a ganarse la vida por su cuenta ya que, “en la escuela no gano nada”, afirma. Ezequiel estudió en la escuela de payasos ubicada en el mercado Israel Lewites, donde le enseñan a los niños en riesgo a hacer repostería, malabares, acrobacias, pintar caritas, baile y deportes. “¿Usted cree que soy tonto?Yo preferí ir a esas clases que me estaban enseñando a cómo trabajar para ganar dinero”, comenta con aires de orgullo, por haber tomado lo que él llama una sabia decisión.
Sol, lluvia, hambre, sed, dolor de cabeza, cansancio, tristeza, soledad, maltrato, es lo que vive a diario Ezequiel. La única diversión que tiene este payaso, se da cuando llegan los hermanos Luis y Emerson Real, de 11 y 9 años respectivamente, y los muchachos se ponen a hacer bromas. La mayoría, sobre la precaria vida que llevan y las desgracias que cada uno tiene.
—Ezequiel es tan pobre que duerme sólo con una sábana como si fuese su cama— ríen a carcajadas los hermanos Real.
—Pero ustedes —contesta Ezequiel— no tienen ni para comprarse una peluca de payaso— y ríen todos.
Según la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil y Adolescente (ENTIA), son aproximadamente 240 mil los niños que trabajan en las calles para sobrevivir. El trabajo informal, tanto de niños como adultos —trabajo que se desarrolla fuera de los marcos legales y jurídicos— registra en Nicaragua una fuerte aceleración, según el estudio.
El economista Adolfo Acevedo dice que el 64.4 por ciento de la población activa del país está en el trabajo informal y solamente el 35.3 por ciento pertenece al mercado del trabajo formal. De los informales, el 30 por ciento trabajan por su cuenta, en negocios familiares, pequeñas tiendas en los mercados o son vendedores ambulantes. No reciben salario ni cuentan con beneficios como seguro médico o ahorros por jubilación.
Francisco Jimenez, mejor conocido como Paco, trabaja en las calles en lo que salga. Dice que ha intentado vender de todo, incluida las famosas bolsas de agua. Francisco ha trabajado limpiando vidrios, anduvo un tiempo con una gigantona, incluso ha intentado conseguir dinero con los grillos hechos de palma, una habilidad desarrollada por muchos niños de la calle. “A pesar que la mayoría de personas que trabajan en las calles tienen un aspecto sucio, desarrapado, pobre, mechudo, descalzos..., mi caso es peor que eso, debido a mis cicatrices y tatuajes que tengo en todo el cuerpo”, comenta.
El 64 por ciento de los trabajadores del país forman parte del sector informal.
Francisco hace caricaturas de las personas. Ese es su talento, el dibujo. Cuando una persona vence el miedo que causa este muchacho de mirada profunda, con sus tatuajes y heridas, y accede a hacerse un dibujo, Francisco cobra 20 córdobas y los hace posar por 20 minutos. Él recorre los bares y contelerías de la capital ofreciendo su talento. A diario hace unos 80 córdobas, dice.
—La mayoría creen que les voy a robar. Eso hacía antes, pero he tenido muchos problemas con la pesca—cuenta este joven de 27 años, analfabeto y muy flaco.
Él dice que con lo único que cuenta es con su talento en el dibujo, porque su familia no lo apoya por haber pertenecido a una pandilla. Tiene novia que le ayuda y en ocasiones lo mantiene con su salario de doméstica. Margarita no pierde las esperanzas y piensa que Paco “llegará a ser un gran dibujante”.
—Estoy claro que tengo que buscar otros ingresos, pero el desempleo en Nicaragua es lo que más abunda. Además la discriminación por mi aspecto, no es fácil aguantarla—asegura mientras le saca punta a su lápiz de grafito.
Patricia es una niña de pelo castaño y tez blanca. Tiene nueve años pero parece que tuviera 7. Ella y su hermanito Santos, de 8 años, se suben a los buses de la capital para hacer un “show”, que no es más que agitar botellas de plástico rellenas con arena que ellos usan como instrumentos musicales. Esa “música” es el ritmo que acompaña sus canciones cristianas, las que cantan con su voz chillante, desafinada, mientras los pasajeros viajan con la vista perdida en la ventana del bus. Mientras Patricia canta, Santos baila. Los niños dicen que al día hacen unos 40 córdobas, lo suficiente para comprar huevos para la cena.
Su madre, Catalina, generalmente vende naranjas en la Carretera Norte y de vez en cuando plancha ajeno. El peligro en las calles es algo a lo que se tienen que acostumbrar sus hijos, ya que esta señora regordeta dice no tiene tiempo de cuidarlos y necesita de los 40 córdobas que le entregan sus hijos para sobrevivir el día a día. Al hacerle ver los riesgos que la calle tiene para niños como Patricia y Santos, Catalina lanza una frase lógica en su mundo.
—Ellos tienen que trabajar desde chiquitos porque para eso venimos al mundo. Además la vida es dura y tienen que acostumbrarse al ajetreo diario—afirma mientras corta con rapidez las naranjas que vende a 5 córdobas.
http://www.laprensa.com.ni/2009/12/06/nacionales/9617
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