Por Julio F. Lara y LeonarDo CEreser
La Policía reconoce su impotencia para capturar a los líderes de estas redes, las cuales extienden sus tentáculos por el casi centenar de casas de prostitución que funcionan solo en la capital y alrededores.
La falta de una legislación es la causa de que durante muchos años el tráfico de menores y la prostitución aumentaran en el país.
Después de años de presiones y denuncias, el 18 de febrero recién pasado fue aprobada la Ley contra la violencia sexual, explotación y trata de personas, decreto 09-2009, en el Congreso de la República.
Pero mientras se aplica esa normativa, en los clubes nocturnos las menores —quienes siempre mienten respecto de su edad— siguen siendo obligadas a prostituirse.
Se calcula que “solamente en la capital hay más de dos mil niñas y niños que están siendo explotados en más de 600 lupanares”. De ellos, la mayoría son salvadoreños, hondureños nicaragüenses y guatemaltecos.
En un recorrido efectuado por reporteros de este matutino en varios antros de la capital, se pudo comprobar cómo aquellas jóvenes que soñaron con una mejor vida, despiertan cada día en una pesadilla.
Melany trabaja en el bar La Frontera, en la zona 6. Dice tener 20 años y no esconde su origen nicaragüense. Su figura esbelta y rostro joven y maquillado reflejan que tiene 17.
Cuando un cliente solicita sus servicios, lo primero que hace es darle gentilmente la mano y luego un beso en la mejilla. Después, sus ojos expectantes esperan la invitación a tomar una bebida.
Le hace señas al mesero, quien le sirve una cerveza y le entrega un tiquete, el cual guarda como un tesoro en su corpiño. Explica que por cada bebida que le inviten recibe un bono de Q15.
En total gana Q450 a la semana, y los miércoles es su día de descanso. Su trabajo consiste en atender a cualquier cliente y bailar en la pista. Si es requerida para ocuparse (tener relaciones sexuales), el hombre debe pagar Q75 por 15 minutos.
“Aquí gano mejor que en mi país, donde hay mucha pobreza. Una señora me trajo de Nicaragua, pero yo sabía que venía a trabajar en esto”, refiere.
“Aquí tengo dos meses de trabajar, y espero un día poder dejar esto; por eso me gusta la canción de Fonsi: No me doy por vencido”, explica.
En el club nocturno El Paso Clásico, en la calzada Aguilar Batres y 11 calle, zona 12, la historia no es distinta.
Se acercan dos señoritas y la que aparenta tener unos 24 años dice que está con su hermana. “Es mi hermana y se puede sentar contigo”, manifiesta.
Su hermana se sienta, saluda y dice que se llama Angie. En el pelo tiene un gancho acorde a su edad, unos 14. Lleva puestos unos enormes tacones que el encargado le vendió en Q700.
“Soy guatemalteca y vivo en la zona 21”, refiere. Pero en la otra mesa, su supuesta hermana mayor le cuenta a otros clientes que es de Santa Tecla, El Salvador.
Angie, por su parte, cuenta que tiene 19 años y que fue su hermana quien la llevó allí. “Aquí hay mucha envidia, pero me tratan bien”, agrega.
Se muestra callada, como si quisiera escapar o gritar que la tienen a la fuerza. “Tengo mucho sueño, pero el encargado me regañó”, comenta, mientras pide una cerveza al mesero. Le colocan en la mesa la botellita y su tiquete enumerado. “Aquí todo el tiempo es así, aburrido”, dice.
Un galonista de los Bomberos Voluntarios explica que los encargados de los prostíbulos les pidieron mantener una ambulancia cerca porque se producen riñas y resultan hombres heridos con arma blanca; en otros casos, baleados.
“Lo que hemos notado es que no hay mucha presencia policial en esos sectores”, afirma el socorrista.
Sin embargo, esa noche dos clientes golpean a un agente de seguridad del bar El Paso Clásico, y un autopatrulla llega de inmediato a intimidar a los revoltosos, que son obligados a abordar su vehículo y retirarse.
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